La reciente encíclica papal “Fides e ratio” es más allá de la fe religiosa que cada uno tenga un documento valioso que no sólo se ubica en la línea de la reconciliación entre la fe y la razón y de la necesaria complementariedad entre ellas sino que analiza varias doctrinas que se han promovido en la era moderna y que según la encíclica “...tienden a devaluar aun las verdades que habían sido proclamadas como certezas” agregando que “una legítima pluralidad de posiciones ha dado lugar a un pluralismo indiferenciado, basado en la suposición de que todas las posiciones son igualmente válidas, lo que es uno de los síntomas actuales más extendidos de la faltd confianza de la verdad”. De acuerdo al documento papal esas tendencias o doctrinas del pensamiento tienden a “impedir que la filosofía conozca la verdad y busque lo absoluto”.
Entre esas tendencias o doctrinas del pensamiento que la encíclica identifica y crítica están: pragmatismo, agnosticismo, relativismo, nihilismo, cientificismo, eclectisismo, historicismo, modernismo, humanismo ateo, marxismo y fideismo. Analizar el aporte de cada una de estas formas de pensar más o menos elaboradas llevaría muchos más espacio del que contamos en esta columna pese a lo cual es importante referirnos aunque sea brevemente a ellas y al tema que motiva la encíclica que es la cuestión de la relación entre la fe y la razón।
Los enfrentamientos en el pasado entre los campos de la religión y la ciencia han tenido su base en las diferencias entre la fe y la razón, entre la revelación “sobrenatural” y la revelación natural a la que se accede por la experiencia sensorial física। Las tensiones entre ambos campos se han ido reduciendo y como ya lo hemos comentado en otras oportunidades los descubrimientos de la ciencia del siglo XX han fortalecido los argumentos sobre la existencia de Dios por el hecho de que estos descubrimientos han llevado a fortalecer la idea de la existencia de una Primera Causa que origino el Universo, de un espíritu o alma eterna y la presencia de “universos paralelos” que bien podría explicar la existencia de un “cielo” y una “tierra”, o de un mundo físico donde hoy vivimos y un mundo espiritual donde pasaremos a vivir cuando nuestro cuerpo físico deje de existir।
Curiosamente muchos de esos pensadores y filósofos rescataban y defendían la figura y las enseñanzas de Jesús como la más importante figura moral de la historia sin darse cuenta que sus obra y sus enseñanzas así como su fe y amor por los otros no podía surgir de un simple esfuerzo de elaboración racional sino de un proceso místico, íntimo, de una certeza profunda sobre Dios y el Cielo que sólo podía provenir de una experiencia más allá de los sentidos físicos. Más allá de eso también los testimonios de muchos científicos demuestran que sus grandes descubrimientos han provenido como resultado de un proceso místico y de revelación no explicable simplemente por la razón. Como lo dice la encíclica “la fe y la razón son como las dos alas en las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.
Sin relación con el Ser Absoluto y con los valores espirituales absolutos la vida humana, su pensar y su acción, se sumerge en las aguas de la inestabilidad y tiende a vivir de acuerdo a un estándar de valores relativos que buscan siempre el beneficio propio por encima del público. De esto deriva un pragmatismo sin principio; un relativismo moral donde esta se define de acuerdo a cuanto placer físico y beneficio personal nos trae; donde no tomamos compromisos definitivos porque en todo vemos algo fugaz y provisional; donde es peligroso tener certezas y es más conveniente tener un “opinión”; donde las cosas cambian según las circunstancias; y donde no hay nada que tenga un valor eterno más allá del tiempo y del espacio.
Una vida sin certezas, es como un edificio sin pilares. La grandeza de esos dos grandes mandamientos: Amar a Dios y Amar al prójimo está en que más allá de las diferencias raciales y culturales todos los seres humanos podemos a través de una relación de espíritu y corazón con Dios y nuestro prójimo construir sustancialmente una gran familia mundial eterna.
ara finalizar quisiera compartir con Ud। lector un chiste que leí en estos días en Internet y que es para mi una forma por demás gráfica de poder apreciar lo que hemos venido analizando en esta columna.
Un padre al ir a la cochera de su casa para buscar su auto encuentra que el mismo tiene un importante roce en uno de sus lados. Inmediatamente comienza a preguntar como el mismo se origino. De esta forma a través de una vecina y de su propia hija se entera de que ha sido su hijo quién al sacarlo sin su permiso del estacionamiento lo rozó fuertemente con el árbol que esta ubicado a la salida de la casa. Enojado busca a su hijo y lo inquiere sobre el hecho diciéndole: Me he enterado de que fuiste tú quién choco el auto en contra del árbol de la entrada. El hijo con una cara, mezcla de inocencia y desfachatez le dice: No, yo no choque el auto. El padre subiendo su tono le dice: Como que no fuiste tú el que choco el auto. Acaso me dices que la vecina y tu hermana son unas mentirosas y que no fuiste tú el que choco el auto con el árbol. El hijo sin perder su control y muy seguro de si mismo le responde: Ya te dije ante tu afirmación de si fui yo quién choco el auto que no fui yo quién choco el auto. El padre al borde de un ataque de nervios lo vuelve a encarar: No me mientas, fuiste tu el que choco el auto. El hijo le responde en un estado de seguridad intelectual envidiable: Bueno, tu afirmación no estrictamente correcta. Tu afirmas que yo choque el auto pero debo decirte que estrictamente la verdad es que no fui yo quién lo choco sino que en realidad ha sido el árbol quién embistió al auto. El padre entre la sorpresa y el enojo le dice: ¿De donde sacaste esa forma tan estúpida de pensar?. El hijo sacando pecho le dice: Del Presidente de los Estados Unidos.
Recuerda lector, esas afirmaciones del Presidente Clinton que el sexo oral con Lewinsky no fueron relaciones sexuales. En realidad lector, fue Lewinsky la que embistió al Presidente y no él a ella. En definitiva esas formas de pensar que la encíclica papal crítica nos han llevado a un estado de confusión moral que nos precipita no sólo a vivir erróneamente sino a la estupidez y lo que es peor a pensar que todos son estúpidos y el más “vivo” soy yo.
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